
Durante estos días y hasta el comienzo del Campeonato Mundial de Fútbol FIFA en Sudáfrica, a mediados de 2010, la Copa del Mundo se paseará por los cinco continentes en un tour organizado por la mentada FIFA y la multinacional proveedora de bebidas Coca-Cola. Y, como ya sabrán, este viernes recién pasado pasó por nuestro querido y nunca bien ponderado Chile.
El tour consiste en que el famoso trofeo otorgado al campeón de la máxima cita futbolera esté disponible para la vista y/o contemplación del espectador común de cada país. Demás está decir que la Estación Mapocho (lugar en el que se exhibió la estatuilla de 36,8 cms. y 6,175 kgs. de oro solido de 18 quilates, cuya base cuenta con 2 capas de malaquita semipreciosa (¿El PIB de Zimbabwe, por favor, si alguien lo conoce?), y que cuentas en la parte inferior con la inscripción del año y el nombre del ganador de cada Copa desde Alemania 1974) estuvo llena de gente que quería sacarse una foto con el objeto o simplemente contemplarlo para llevarse el recuerdo de haberlo visto en vivo y en directo. Cada uno debía aguantar una fila enorme (que bajo el calor de la capital esa tarde seguro era aun más enervante), y cuando llegaba tenía unos minutos para mirar (sí, mirar) y quizás sacarse una foto con la Copa. Luego era sacado de la escena para que otro emocionado asisitente hiciera exactamente lo mismo.
Repito que la Copa se podía mirar y sólo mirar por un par de segundos. Nada de tocarla o alguna tontería por el estilo. Eso sólo pueden hacerlo los dirigentes FIFA, los presidentes nacionales de turno y los integrantes del equipo campeón de cada Mundial.
He aquí el gatillo de la interrogante en la que el escritor se ha visto sumergido desde que todo aconteció. ¿Vale la pena hacer una fila de varios metros, que además de aburrida es mala para la salud? ¿La vale, teniendo en cuenta que se trata de una simple estatuilla de oro que, salvo que uno sea futbolista y juegue el torneo, no sólo no tiene relevancia para la vida propia sino que además no se puede acceder a ella bajo ninguna circunstancia? ¿Es necesaria tanta emoción, tanta adoración por un objeto completamente inerte, inaccesible y, en términos prácticos, inservible? ¿Por qué comprar una réplica por 100 mil pesos, que pueden desde servir para comprarse algo más útil hasta ser necesarios para comer?
Es triste (y lo digo desde el fondo de mi corazón) que la gente se subyugue ante algo que no tiene ningún valor ni utilidad más allá de lo comercial (que sólo beneficia a aquellos directamente relacionados con el tema). Roza lo patético que un pueblo entero pierda la cabeza por la Copa como si se tratara de una divinidad. Una réplica casi exacta la historia del Becerro de Oro en el Antiguo Testamento. Aunque los antiguos judíos tenían la 'atenuante' de estar condenados a la subordinación y a la ignorancia in extremis en aquel entonces. Hoy día es una opción, que por lógica uno supone que la gente rechazará, pero que muchos parecen decididos a tomar, sin ningún tipo de cuestionamiento.
Dadas las circunstancias, hay que preguntarse ¿por qué a tántas personas nos gusta el fútbol? Primero, porque se corre y se juega en equipo y hay risas y altercados y emociones varias, porque te hace transpirar y te hace soltar todo tipo de feromonas que te dejan con el ánimo a mil por el resto del día. Pero en segundo lugar (y más esencialmente quizá) porque lo único que se necesita para jugarlo son dos equipos de igual cantidad de jugadores (y ni siquiera) y una pelota de cualquier material, sea el balón oficial de un torneo importante o bien un melón tuna. En resumen, la gracia del fútbol es que es un deporte para todos. ¿Han pensado si el espectáculo de anteayer se condice con lo último?
Como reflexión final, cabe decir que es necesario escuchar a los mayores. Especialmente a esos que dicen que 'la gente tiene lo que se merece'.

Pan y circo, Pablo... Pan y circo.
ResponderEliminarCirco no más... creo que no daban ni pan los muy cagados
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